FRANZ LISZT, UN SUAVE EN EL SIGLO XIX

No hace falta haber presenciado nunca en directo un concierto de Los Suaves para saber que cada actuación de la banda posee una liturgia única en el mundo de la música popular. Son varios los momentos que no pueden faltar dentro de un concierto suave y sin los cuales éste queda despojado de parte de su esencia: los estallidos brutalmente festivos de No puedo dejar el rock y Dolores se llamaba Lola (por muy aborrecida que la tengamos ya todos, o casi todos), el recogimiento y la comunión total durante la interpretación de Pardao o Siempre igual, las hermosas notas del himno gallego a las que Alberto da vida tras haberse vaciado en El afilador, el fogoso y apasionado Coro de los gitanos de Il trovatore que acompaña al saludo y el abrazo del grupo tras la actuación.

Pero si hay uno de esos momentos que me resulta absolutamente mágico y especial, es ese que precede al inicio de todo. Ese instante en el que todo está todavía en silencio, el escenario en penumbra, el público expectante y nervioso mientras se adivinan las sombras de Alberto, Charli, Fernando, Tino, y algún destello plateado de la cabellera de Yosi, cuando resuena esa imponente y épica fanfarria que todo aquel suave conoce: la marcha final de Les préludes del compositor húngaro Franz Liszt. Durante ese mágico minuto, todos los nervios y la emoción de días, quizá semanas y meses, ascienden desde el estómago hasta la garganta, haciéndonos enmudecer y disparando toda la adrenalina que, una vez apagada la última nota y tras marcar Tino el compás con sus baquetas, se libera en forma de grito en el instante en que Alberto y Fernando atacan con sus guitarras el primer riff de la noche.

Ni en sus sueños más extraños habría imaginado este húngaro, nacido como Liszt Ferenc en los albores del siglo XIX, que un escaso minuto de su vastísima obra musical serviría, más de cien años después de su composición, para abrir los conciertos de una banda procedente de un rincón perdido de la vieja Europa, muy lejos de su tierra natal.

El bueno de Liszt cultivó a lo largo de su vida la composición de música culta así como el arte de la escritura, si bien sus poemas sinfónicos son, sin duda, la parte de su obra que más se recuerda. Al hilo de esto y respecto a Les Préludes, en el blog ARPEGIO de Mahlerite-Shosta encontramos estos dos magníficos y explicativos párrafos:

Soberbio pianista y revolucionario compositor, Liszt introdujo como su invención la figura del Poema Sinfónico. El Poema Sinfónico es una composición orquestal, en la concepción romántica usualmente creado para gran orquesta, de duración más extensa que una Obertura, y cuyo argumento suele hacer alegoría o descripción musical basada en un texto literario o idea filosófica. Los Poemas Sinfónicos de Liszt fueron todos alegóricos a textos de obras literarias contemporáneas. Su Poema Sinfónico mejor elaborado, más convincente, más popular y conocido es con justicia Los Preludios, la obra traída en esta oportunidad.

Liszt concluyó la composición de Les Préludes en 1851 y la obra fue estrenada el 23 de febrero de 1854, con el propio compositor dirigiendo la Orquesta de la Corte de Weimar. El título del mismo debe su nombre a una obra homónima de 375 líneas publicada en 1832 por el poeta francés Alphonse de Lamartine, amigo del compositor. El “poema” literario describe cuatro secciones que tratan respectivamente del amor, del destino, de la guerra y de la naturaleza. Por lo tanto el Poema Sinfónico deja reconocer, aun dentro de su continuidad, cuatro secciones principales, cada una con un estado de ánimo distinto y separadas por ingeniosas transiciones, y que en conjunto delimitan la llegada de un nuevo tipo de género musical que sería insignia del romanticismo: la Música Programática.

Un siglo y tres décadas después de la finalización de Les Préludes, y casi cien años más tarde de la muerte de Liszt, Los Suaves daban sus primeros y estruendosos conciertos en la discoteca Long-Play de su ciudad de Ourense. Yosi, que pese a no ser un estudiante ejemplar siempre tuvo un enorme interés y curiosidad por la cultura en cualquiera de sus manifestaciones, posiblemente escuchó en alguna parte la afamada pieza del compositor húngaro, y tanto le gustó que pronto decidió incorporarla a los conciertos de la banda y convertirla en la fanfarria que, desde entonces, precede al inicio de cada actuación.

Sin duda, podemos afirmar que, después de tanto tiempo, la marcha final del inmortal poema sinfónico de Liszt forma parte del la esencia y el imaginario de la banda, y que el propio compositor húngaro es, al menos para mí, un miembro más de Los Suaves, tanto como los hermanos Domínguez, Alberto Cereijo y todos los que alguna vez han formado parte de la familia suave. Incluidos todos nosotros.

Michel

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