LLORANDO EL TIEMPO PERDIDO

Una de las señas de identidad más destacadas de las letras escritas por Yosi durante tantos años es, sin duda, la profundidad. Pocas, muy pocas son las canciones de la amplia discografía suave a las que no se pueda atribuir siquiera unas gotas de profundidad.

Las composiciones de este poeta de cabellos ya grises (y pensamientos negros) suelen incluir, con frecuencia, complejas y originales reflexiones sobre los grandes temas universales que, desde los tiempos de las cavernas, han preocupado a los seres humanos. Uno de ellos, quizá el más trascendente de todos junto a la existencia de Dios (con el que guarda en buena parte una estrecha relación), es la muerte. Todos nosotros, de vez en cuando y a veces con demasiada persistencia, pensamos en ella. Qué es, qué significa, a qué conduce. También Yosi, como ser humano que es, con todos los miedos y preguntas comunes a nuestra especie, ha llenado páginas y páginas de tinta hablando sobre esa realidad que tanto nos aterra y fascina.

Son muchas y muy diferentes las perspectivas desde las cuales el maestro se ha aproximado en sus canciones a este asunto: desde el costumbrismo desesperanzador de Frío como una llave, Malas noticias o todo el álbum San Francisco Express, hasta la épica de ¿Sabes? ¡Phil Lynott murió! o Mártires del Rock and Roll. Sin embargo, hoy he elegido un tema que no podría encuadrarse en ninguno de los grupos anteriores, por ser más original en su planteamiento y manera de acercarse al tema. Se trata de un tema perteneciente al, hasta la fecha, último álbum de estudio de los Suaves, Adiós, adiós: estoy hablando de 27.000 días.

(Foto de Fran Ortiz encontrada en davidlebron.wordpress.com)

La originalidad de esta canción comienza por su título. Todo el mundo acostumbra a medir la vida en años, y sólo en el caso de los bebés hablamos de meses; pero, ¿alguna vez nos hemos parado a pensar en el número de días que tiene nuestra vida? Si la media de edad actualmente se suele situar, tanto para hombres como para mujeres, en unos 80 años (más o menos), las multiplicaciones correspondientes nos revelan que ello equivale a unos 27.000 días de vida desde nuestro nacimiento.

Creo que, más o menos, son unos 27.000
los días que, por desgracia, nos ha regalado el cielo. 
27.000 vueltas que este mundo agotado 
al nacer nos ha prestado para ir tirando con él. 
27.000 monedas, limosnas, calderilla,
reintegro de una lotería
que no tiene primer premio. 
Para unos es la vida,
para otros es un sueño; 
penas disfrazadas de alegrías ,
restos de serie del tiempo.

Una limosna, calderilla, así considera Yosi la corta existencia que “el cielo” nos regala al nacer y así es, pues aunque 27.000 días, 80 años, parezca mucho tiempo, y en efecto para nosotros lo es, lo cierto es que, dentro del infinito reloj de nuestro universo, 27.000 días no son más que unas insignificantes migajas (reintegro de una lotería que no tiene primer premio), unas motas de polvo, como diría Carl Sagan, que no tardarán en perderse fácilmente en la inmensidad del cosmos, como restos de serie del tiempo que son.

De entrada se van 9.000,
mi historia está empezando; 
para la muerte, su hermana, 
el sueño está trabajando. 
Nosotros seguimos contentos
pues, en el mejor de los casos, 
nos quedan otros 9.000
para dedicar al trabajo.

¿Cuánto tiempo de nuestra vida se va con todas nuestras horas de sueño, tan imprescindibles por otra parte? Pues nada menos que un tercio de nuestra existencia. Parece mucho tiempo “perdido”, ¿no? Por eso nos dice Yosi que la muerte y el sueño son hermanos, y que este último trabaja día tras día para aquélla. Y, si un tercio nos lo roba el sueño, otro tercio más de nuestra vida lo dedicamos a las horas de trabajo: 8 horas al día durante 5 días a la semana (algunos mucho más que eso), que al final suponen todo un tercio de tu vida. Casi nada. Cabe que nos preguntemos si ese tercio que dedicamos al trabajo realmente nos dignifica y nos hace más felices. Al fin y al cabo, no deberíamos emplear la tercera parte de nuestra existencia en algo que no aporta cosas positivas a ella.

Vamos sumando y restando,
pues aún queda la tercera parte. 
¡No hemos empezado a vivir 
y ya estamos muriendo de asco!
Pongamos unos 3.000 de enfermedad y de vejez; 
se parecen tanto las tres, que van en el mismo saco.
El tiempo lleva las cuentas
del hogar, no queda tanto; 
después de tantos quebrantos, me dan ganas de parar.
Cuando quedan 3.000, no intentes volver atrás: 
la mitad de la mitad, sólo para recordar.

En efecto, no hemos empezado a vivir y ya estamos muriendo de asco… después de descontar los días de sueño y de trabajo, resulta que sólo nos queda un tercio de nuestra vida para todo lo demás. Sin embargo, “todo lo demás” no parece muy esperanzador: de esos 9.000 días, una tercera parte los pasamos entre enfermedades y achaques propios de la vejez, insultados por el tiempo en forma de arrugas y canas, malditos por el olvido y regalando fracasos, y otra tercera parte se pierde en recuerdos de viejos momentos de momentánea felicidad en una vida mal vivida… ¿y qué ocurre con esos últimos días que nos quedan?

El resto de los sucios pobres días
son para pedir perdón, mentir, 
para llorar, maldecir… 
y, de los tres que no se han ido, 
uno es para querer, 
otro es para ser querido, 
y, para ser feliz, 
el día antes de morir.

¿Somos conscientes de todo el tiempo que se nos va lamentándonos por los errores propios y ajenos, mintiendo por estupideces, llorando por causas que no lo merecían, maldiciendo aquello que no podemos controlar o entender? Demasiado, si tenemos en cuenta el poco tiempo del que disponemos “realmente” a lo largo de nuestra vida… tanto es así, que finalmente Yosi nos dice: después de toda una larga vida perdida entre sueños, trabajo, enfermedades, recuerdos, lamentos, tan sólo nos quedan tres días. Son esos 3 días los más importantes de todos, porque son los únicos días de nuestra vida en los que verdaderamente vivimos, con todo lo que ello significa. Querer, ser querido y, en última instancia, ser feliz. El amor y la felicidad son las dos caras de la misma moneda, y es en ellas donde reside el auténtico significado de la vida.

Así pues, si querer, ser querido y ser feliz son las cosas que hacen de nuestra vida una experiencia con sentido, un camino con una meta, ¿por qué tan sólo suponen, en total, tres días de 27.000? ¿No será eso una señal de que algo estamos haciendo mal? Gastamos nuestro tiempo en infinidad de cosas que, o bien no aportan nada a nuestra vida, o directamente nos amargan y hacen desdichados, y sin embargo somos incapaces de reaccionar, creídos de que nada en este mundo puede cambiarse, esclavos de una lógica y unas cadenas que aceptamos ciegamente y que todo el mundo, incluso nuestros seres más queridos, nos han inculcado desde siempre, conscientemente o no. Desconfía de quien te diga “amigo, la vida es así”, porque así no es la vida; ¡ellos hacen que sea así!, cantaba Yosi en Dile siempre que no estoy. La forma de vivir la vida debería ser una elección libre de cada individuo, sin ataduras de ningún sistema opresor que imponga cómo tenemos que vivir, aunque presente su dictadura bajo un envoltorio engañoso.

Pero la muerte no es un ángel,
ni un hombre, ni una mujer mala; 
no es una calavera, 
la muerte no tiene guadaña.
La muerte esconde un secreto 
que bajo su sábana aguarda: 
y ese terrible secreto
es que la muerte no es nada.
Nada. Nada.

Por último, en el estribillo, Yosi nos muestra el verdadero rostro de la muerte, desnudándola de todos los disfraces, románticos o tétricos, con los que la hemos representado a lo largo de tantos siglos de Historia. No es un ángel, ni hombre ni mujer, no es la Dama de la Guadaña de Albert Pla, ni tampoco una calavera. El único secreto que tiene la muerte es, precisamente, que no es nada. Morir es, pues, entregarse a la nada más absoluta. Ni cielo, ni infierno, ni purgatorio, ni reencarnación. La muerte es la nada, sin más. El vacío. Sin castigos ni recompensas, nos extinguimos todos por igual, los que viven por sus manos y los ricos, que decía Jorge Manrique.

Parece Yosi decirnos con esto que, a pesar de todas las tristezas y tribulaciones, vida no tenemos más que una, y si la tenemos es para alcanzar el amor y la felicidad. No podemos desperdiciar nuestra vida (que es, al fin y al cabo, sólo un segundo en el reloj de Dios) en cosas que, precisamente, no hacen más que provocarnos infelicidad, pues la vida se pasa sin que apenas nos demos cuenta y después de ella, sencillamente, dejamos de ser y nos extinguimos. Deberíamos vivir para llenar nuestros años de vida y no nuestra vida de años. Es mejor que, al marcharnos, nos llevemos la satisfacción de una vida plena aunque no dejemos nada en este mundo, en lugar de dejar canciones, algún desliz, dos o tres fotografías, y no llevarnos ninguna felicidad.

(Foto de Xurde Margaride para gijonrockcity.com)

Son muchas las reflexiones que me inspira esta hermosa letra, podría pasarme días plasmándolas a través de palabras, y ninguna de ellas me invita a extraer una conclusión optimista sobre nuestra forma de vivir la vida. Sea como fuere, me doy cuenta de que es ahora, escribiendo estas líneas, cuando descubro la forma en que un servidor, a su manera, llora el tiempo perdido.

Michel

27.000 días en Spotify:

 

27.000 días en YouTube (vídeo de Joserra1987):